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1 ago 2008

Por favor, no te duermas


"Take your marks, GO!". Sonó lo que mi abuelo hubiera llamado chicharra y nuestros 8 cuerpos sin grasa y con apenas vellosidades, se lanzaron a aguas con cloro de sabor y olor diferente a mi querido Campo de Marte. Al minuto y pocos segundos estaba de vuelta a tierra, cansado como atragantado y con el cuerpo caliente. La toalla cada vez más mojada absorvía tanta agua como adrenalina y, tras haber batido mi récord, sonreía conmigo por las palmaditas en la espalda. Cuando en ese entonces me preguntaban mi edad, como si se tratara de algo verdaderamente importante, decía que tenía 12 y medio.



Aquella tarde fue la última del "Junior Olympics", un campeonato gringo importante para la costa Este. Si bien mis amigos y yo viajamos para competir, me alucinaba saber que al día siguiente conocería Disney World – aunque para mi "avanzada" edad, fingía muy bien repitiendo un muy categórico "eso es para niños".

Entre mis mejores amigos del equipo se encontraba Richard Odam – con quien gracias a ese barrio virtual que llamamos Facebook chatee ayer después de 13 años. Tenerlo al lado en Disney fue una bendición porque además de paciencia, Richard tuvo desde la cuna algo que incluso después de 4 años en UK se nota que aprendí de adulto: el Inglés.

Extasiados por tanto estímulo, tanto Richard como yo escuchamos a nuestro entrenador pedirle al grupo entero que nos encontráramos en el gran Castillo a medianoche. Recién al día siguiente nos enteraríamos que si bien el punto de encuentro era el mismo, todos se habían encontrado a las 11pm.

Aún con ganas de seguir subiéndonos a los juegos, a las 12.00 a.m. en punto, Richard y yo llegamos al gran Castillo después de haber pasado uno de los más divertidos días de nuestra infancia tardía. Después de 30 minutos seguíamos solos. Así que opté por disfrazar mi temor por carajeadas a la impuntualidad de los Peruanos. Asustados ya, a la 1.15 a.m., Richard y yo decidimos ir a buscar a nuestro equipo. Lo irónico es que los buscábamos subiéndonos a los juegos que más nos habían gustado. Subíamos como para tatuarnos aquel día. Lo hacíamos bajo la excusa que desde la cima de la montaña rusa tendríamos una mejor vista del parque. Sin embargo, la hora avanzaba casi tanto como nuestra angustia.

A las 2.15 a.m. se nos ocurrió cruzar en barco y dirigirnos hacia el terminal de buses – un estacionamiento sin inicio ni fin. La lógica nos llevó a preguntar en informaciones y el amable geronto a cargo, pronunció una par de frases indescifrables para el Inglés que me enseñaban en la escuela. Richard, muy ansioso, me asustó diciéndome que nuestro bus había partido hacía 3 horas. El muy buen hombre, nos aconsejó dirigirnos hacia el bus de la misma compañía que estaba por salir.

A todo esto, en cada uno de sus rincones de bajo presupuesto, nuestro hotel tenía stickers con el nombre de Motel Super 8.

Cuando llegamos al bus, Richard le explicó lo sucedido a la guía turística y esta, muy gentilmente, ofreció llevarnos a nuestro Motel. Fue así que nos dejaron en el Denny´s – una especie de McDonalds, pero aún más desagradable. Nuestro recuerdo, ya no tan lúcido por la hora y el cansancio, nos tranquilizaba diciéndonos que después de una cuadra encontraríamos descanso. Pero nuevamente estábamos equivocados.

Después de dos cuadras, una banda de morenos inmensos se reían de nosotros al ritmo de la música de los equipos recostados en sus hombros. A pesar de la distancia, llegaron a oler nuestro temor y aceleraron su paso para darnos el encuentro. Richard y yo nos dimos la vuelta y corrimos tan rápido como pudimos. Llegamos al Denny´s antes que ellos y nos sentamos procurando recuperar el aliento.

En ese momento estábamos sencillamente aterrados. Una señora latina pero nada amable, nos aconsejó llamar a un Taxi y a los 5 minutos, un taxista enorme, grotezco y casi albino preguntaba por nosotros en la puerta. Siguiendo el protocolo, los morenos que se había quedado ahí simplemente para molestar, nunca dejaron de despedirse de nosotros. Ya en el taxi, nos sentimos protegidos – al fin.

Aunque es difícil de creer, el taxi se malogró después de sólo 7 cuadras.

Por la puta madre, ¿Cuántas veces se ha malogrado el taxi que te lleva a tu destino?, ¿Por qué nos tenía que pasar esa noche?

El auto se ahogó frente a un 7Eleven. El taxista se bajó y abrió el capót. Cuando se percató que el par de nadadores empezaba a tomar una siesta, volvió apresurado para decirnos que si permanecíamos en el auto el taxímetro seguiría corriendo. Como era de esperar, abrí la pesada puerta amarilla y bajé de inmediato. 3 minutos más tarde, Richard y yo nos encontrábamos en el 7eleven des-cubriendo el pasado oscuro de Madonna. A los pocos minutos, Richard sediento y yo hambriento, decidimos comprar algo. Sin embargo, al frente de la cajera nos percatamos que no podíamos darnos tal lujo. Sumamos los quarters, dimes y diretes y nos percatamos que sólo llegábamos a US$ 2.30. Así que la regimos, el ganó y terminamos compartiendo una Coca Cola.

Tras aburrirme de los plieges de Madonna, le propuse a Richard salir de la tienda e ir a ver qué nos decía el taxista. Al vernos llegar, el taxista optó por llamar a la unidad de asistencia mecánica.

20 minutos más tarde, el mecánico nos dio el encuentro. Se trataba de un tipo casi tan grande como el taxista, pero mucho más amable. Tras saludar, abrió el capot pero no tardó en concluir que no podría encender el taxi. Así que nos invitó a los 3 a subir a su auto.

Como a ninguno le sonaba el Motel Super 8, el ingenioso plan del taxista y del mecánico consistía en dar una vuelta por la ciudad para ver si reconocíamos nuestro Motel. En ese momento ya eran como las 4 a.m. y los ojos me pesaban tanto que me costaba mantenerme despierto. Tras media hora, todos nos dimos por vencidos y decidimos dirigirnos a la estación central de la compañía de taxi. Mi temor fue tal que se me apagó el sistema y sin poder evitarlo, el sueño me tumbó.

La siguiente vez que abrí los ojos, nos encontrábamos en la oficina y Richard sumamente preocupado me decía al oído: "¡Por favor, no te duermas. Estamos completamente perdidos!". En ese mismo momento, el Jefe de turno llamaba a la policía informando sobre un par de nadadores peruanos perdidos. Fue una genuina coincidencia que en ese preciso instante, nuestro entrenador haya estado viajando de vuelta al Motel en un Taxi de la misma compañía porque de esa manera, logró escuchar dicha llamada por la radio del taxi. Estoy seguro que antes de saber dónde encontrarnos, él y los papás de un par de amigos ensayaban cómo contarles a nuestros padres que nos habian perdido.

Al enterarme de lo sucedido y ver cómo Richard recuperaba la calma, caí completamente dormido. Al punto que la siguiente vez que abrí los ojos eran las 7 a.m., mi entrenador me dejaba en la puerta de mi habitación y nuestros amigos salían a recibirnos como si se tratara de héroes de guerra.

4 dias más tarde y después de contar esta historia 18 veces, llegué a Lima. Tras abrazar a mis padres, que estoy 100% seguro que no sabían nada de mi aventura, mi madre avergonzada me confesó que la noche en que nos perdimos, no había logrado dormir en Cuzco porque sentía que algo malo me estaba pasando.

21 años más tarde de aquella terriblemente entretenida noche de Julio, sigo sin entender cómo nos encontraron. Aún así, recuerdo que este episodio me volvió aún más amigo de Richard; me mostró cuan importante era saber más de un idioma; aún tomando todas las precauciones del caso, me enseñó cuán fácil es que se te pierda un hijo. Pero por sobre todas las cosas, aquella noche me demostró que este tipo de experiencias son como fuegos artificiales en la memoria.

29 jul 2007

NADAdores


Tanto para mí como para varios de los que leerán éstas líneas, la piscina tiene dos significados: nadar o entrenar. Ahora que sólo nado, cada vez que veo entrenar a los “Woking Dolphins” surgen en mí las siguientes emociones – todas ellas vinculadas a las etapas que componen una competencia.

Para la preparación, aquí el contexto. Mi educación escolar fue “Inmaculada” y por lo tanto, me la pasé rodeado de hombres. En mi barrio, las únicas chicas con las que socializaba eran mi hermana y mi vecina – a la que llamaba prima. Fue por ello que siempre me gustó entrenar. No sólo porque me daba la certeza de socializar con el otro género, sino porque me aseguraba verlas en ropa de baño – entre cinco y nueve veces por semana.

Para la partida, el idilio. La primera gran torpeza en el amor (cuando a los doce le pregunté a mi primera pareja: “¿quieres chapar?”), las primeras fiestas en casa de Vanesa (en las que para saludar a mis amigas tenía que darles un beso en la mejilla) y las alucinantes historias que surgían cada vez que me hospedaba en casa de otros nadadores (tanto dentro como fuera de Perú), son tres de las más rotundas alegrías que viví gracias a entrenar. Las mismas que compensaban las bromas de mis amigos del colegio ante la tanga roja que ponía a secar al costado de mi carpeta, después de haber entrenado en la madrugada. Subsanaban incluso sus bromas pesadas cuando me sabían con los brazos y las piernas depiladas. Sin embargo, aún más importante que esas 3 razones, entrenar fue especial porque por 5 años mi hermana y yo entrenamos y viajamos juntos para competir por nuestros clubes. Dicho compartir fue tan especial que años más tarde, al poco de haberme casado, me recogía de mi depa para ir a nadar juntos dos mañanas por semana. Para evocar la felicidad de aquellos días, sólo me basta oler el cloro que expele mi brazo después de habérsela pasado remando en una piscina.

Para la vuelta, los entrenadores. Tanto los primeros como los últimos millones de kilómetros que recorrí a nado entre los 8 y 18 años, los hice al ritmo del altavoz y el silbido de dos personas con precaria salud mental. Gracias a Dios, no fueron mis únicos entrenadores. Fue una verdadera bendición encontrarme en la vida con el puro de Reynaldo Palma, pues no hay mejor maestro que aquel que enseña a buscar el balance entre el sentido y el gusto a la vida. Por su parte, Lucho (el negro) Sánchez-Silva se encargó de atestiguar en contra de la creencia que uno sólo aprende del ejemplo – pues es verdad el secreto a voces que “el negro no sabe nadar”. Sin embargo, fue gracias a él que viví y disfruté mi época dorada en la natación. Luego, a los 16 años pasé a entrenar al Club Chacarilla y en él, me re-encontré con queridos amigos de mis dos primeros clubes: el “Santa Catalina” y el “San Isidro”. Fue en el club de nombre agnóstico en que presenciaría la más surrealista definición del concepto “pensamiento grupal”.

En términos sencillos, “pensamiento grupal” es un concepto psico-social que describe como grupos con alta cohesión toman decisiones erróneas, debido a presiones externas y falta de perspectiva. Creo que en ese entonces, tanto los nadadores como nuestros viejos pensábamos que teníamos la “mejor entrenadora del país”. Esta percepción era alimentada por la constante racionalización colectiva de sus drásticos métodos, principalmente basados en bullying, y por el hecho que contaba con el mayor número de nadadores en la selección nacional. Ambos aspectos generaban en nosotros una sensación de invulnerabilidad y una muy estereotipada visión de los otros equipos. Todo esto llegaba a provocar verdaderos papelones cuando varias madres de familia coreaban el nombre de nuestra entrenadora en los campeonatos. Aún más patético, era ver cómo las jefas de esas barras defendían y justificaban las “opiniones del grupo” y atacaban a los “disidentes” – creando una penosa ilusión de unanimidad. Pero los que entrenábamos con ella en aquel entonces, hoy ya somos viejos y deberíamos procurar entender el porque del rechazo visceral que nos genera cualquier silbido similar al suyo. A varios nos creó problemas con la autoridad, muchos jamás volvieron a nadar y otros hicieron lo posible por perderse de vista. Estas tres consecuencias me invitan a cuestionar si nos llegó a entrenar para algo o si sólo tenía la angurrienta necesidad de sentirse especial en un grupo que cayó temporalmente en sus embrujos.

Para el remate, la (verdadera) crítica. Mucha gente piensa que “el deporte, te mantiene alejado de los vicios”. Sin embargo, el mejor nadador que conocí fue también el más dañado por las drogas. Además, los vicios no se restringen al consumo de alucinógenos sino que deberían ser entendidos también en un marco mucho más amplio. Deberíamos, por ejemplo, recordar el vicioso hambre de poder del tío “Soprano” y su hija mayor, la “Paris Hilton” Peruana. Yendo aún más allá, deberíamos dejar de pensar que el deporte es garantía permanente de buena salud – los mejores ejemplos son las muy tristes y tempranas partidas de gente entrañable como Gabriel, Tato y mi adorada Carmiña.

Para la premiación, la evaluación. En la vida, cada uno nada tan rápido como puede pero no debería tardar en parar y considerar su dirección y su estilo. Es así que sería bueno preguntarnos ¿qué hace tan especial a los amigos que conocimos en ropa de baño?, ¿para qué nos preparó el deporte?, ¿por qué no supimos combinar la natación con otras actividades, como teatro, música u otros idiomas? y sin embargo, ¿por qué nos gustaría que nuestros hijos batan nuestros récords?. Sobre esto último, creo que las vidas de los que vendrán deberían trascender las limitadas opciones que tuvimos nosotros: todo o ¡NADA!