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20 feb 2008

Boda India


En “Sí acepto” narré las bodas que aún siguen frescas en mi memoria; aquellas en las que me hubiera gustado estar presente; y aquellas a las que me hubiera gustado oponerme. Esta columna trata sobre la boda que me llevó por primera vez a Asia.

Jamás había presenciado una boda India. Por esta razón, pero en especial porque se trataba de dos amigos muy queridos, estaba alucinado con la idea. A Janak y a Shirin los conocí en Londres. Desde el inicio, quise a Shirin como a la más cercana de mis primas hermanas. Sin embargo, Janak y yo compartimos un cariño que fue creciendo paso a paso. Cuando lo conocí, “sólo” era el compañero de departamento (piso) de mi amiga de la maestría. Pero cuando me enteré que se habían emparejado, me encantó la idea y mi afecto se multiplicó exponencialmente.

Aún así, la historia entre ambos había empezado antes de compartir aquel departamento. Arrancó con lo que en Perú llamamos una botella borracha – aquel juego adolescente en que le pides al Dios de tu devoción, que el pico de la botella apunte a la persona que te gusta para que esa noche tengas que evocar una y mil veces el beso que habrá tatuado en tu alma. Si bien ambos eran muy viejos para dicho juego, basta ver cómo lo narran para percatarse que en verdad se trataba de un par de adolescentes que por primera vez se enamoraban. Pocos meses después, se encontraron en Londres y no tardaron en aceptar la invitación de una amiga en común para compartir su departamento. Como era de esperar, la invitación desencadenó una serie de aproximaciones sucesivas y la amiga no tardó en “tocar el violín”. Pasaron los meses y tras acabar las maestrías, Janak y Shirin consiguieron trabajo en Singapur. Una vez establecidos en esa ciudad, nos enviaron un mensaje de texto en el que nos pedían cumplir con nuestra palabra: …que comenzáramos a ahorrar porque nos querían en su boda.

Desde que me enteré que se casaban, me percaté de dos hechos que le subirían el volumen emocional a la boda: el nivel de vida de la familia de la novia y el hecho que ambas familias profesan diferentes religiones. Si bien suponía cuan acomodada era la familia de Shirin, jamás esperé encontrar una casa TAN grande. Pobre Janak porque aún más complejo que casarse con una princesa, debe ser lograr acuerdos entre la religión de tu madre y la de tu novia. Su familia es Hindú (religión profesada por casi el 80% de la población India) y la de Shirin es Parsi (se trata de los y las descendientes de aquellos emigrantes que se mudaron de Persia, el actual Irán, a India hace mil años y que en la actualidad, sólo representan el 0.006% de la población total de India). Para describir las tensiones que observaríamos durante la boda, basta decir que al casarse con un Hindú, Shirin y su descendencia automáticamente dejaban de ser Parsi – perdiendo así su identidad étnica y religiosa.

Shirin y Janak son tan queridos que no me sorprendió ver el número de amigos y amigas que atravesamos el planeta para acompañarlos esos días. Lo que sí me sorprendió fue la compleja logística que pusieron en marcha para hacernos sentir como estrellas de Bollywood. Entre tantas atenciones, la que más me halagó fue el hecho que a diferencia del resto del grupo, Naty y yo pasamos nuestras dos primeras noches en Pune en casa de la novia.

A diferencia de la mayoría de bodas en India, la que estábamos por presenciar unía en matrimonio a personas bastante liberales pero de religiones distintas; contaba con un gran número de invitados extranjeros; y duraría 3 en vez de 4 días.

Día 1
Lo que vimos ese día podría ser etiquetado por lo que en Occidente denominamos “despedida de solteros”. Sin embargo, en vez de sonreír mientras alguien se enfría bailando a cambio de un par de billetes, se trataba de dos actividades para que los familiares, amigos y amigas del novio y la novia se conozcan entre sí.

La primera actividad lleva por nombre Menhdi y consiste en una decoración temporal que reciben todas las mujeres invitadas a la boda. Las mujeres mayores aseveran que el tiempo que el Menhdi permanecerá en las manos y en los pies, depende del amor de la suegra. Procurando hacer de esto algo memorable no sólo para Naty sino para ambos, en un momento me acerqué a la chica encargada de esta actividad y le pregunté si podía tatuarme el nombre de mi esposa en el brazo derecho. A pesar que dicha tradición queda restringida para las mujeres, inmediatamente sonrió y me pidió que se lo deletree. Cuento esta escena no sólo para explicar el origen de mi foto de “reo enamorado”, sino para compartir que mi tatuaje desapareció antes que el de Naty. Con lo cual, me queda la duda si mi suegra me quiere tanto como creo.

La segunda actividad no era más que una fiesta, pero no era una fiesta más. Cuando por fin secó el Menhdi, nos cambiamos de ropa y nos fuimos a la discoteca. El local había sido decorado con sumo cuidado. Cada mesa contaba con la breve descripción de una anécdota de la pareja y en un rincón sumamente bien iluminado, habían colocado un colorido collage de fotos y flores. Después de una hora en que Naty y yo llegamos con la novia, apareció un caballo y por instinto lo filmé aún sin entender el significado de su presencia. Minutos más tarde, un amigo Indio me explicó que el caballo representa la fertilidad y por ello, tanto el novio como la novia son animados a subir a él. Después de tres horas en que la gente tomó, comió y bailó como si se tratara de la última fiesta antes de re-encarnarse, llegaron los discursos. Fue muy tierno escuchar a los novios la confesión pública de su amor y lo agradecidos que se sentían al contar con decenas de invitados de muy diversos países. La nota pintoresca la pusieron los primos del novio, que con micrófono en mano amplificaron el entusiasmo de haber conocido por primera vez al alcohol.

Día 2
Por el problema descrito líneas arriba, aquella mañana no presenciamos una boda sino una bendición Parsi. En ella, me resultó fascinante ver cómo el sacerdote ofició el rito encendiendo y avivando un fuego que emergía entusiasta desde una vasija rodeada de frutas – entre las que pude distinguir piñas, papayas y mangos. Llegado el momento, a dicho fuego se acercaron la novia, sus padres, los padres del novio y por último, el novio. Más tarde, se acercaron los familiares cercanos y por último nos acercamos los amigos más queridos. Todos seguimos el mismo protocolo: nos arrodillamos, elevamos nuestras oraciones, tocamos el filo de la vasija, recogimos y juntamos nuestras manos a la altura de nuestro corazón, cerramos los ojos, subimos ambas manos hasta que tocaron nuestra frente y finalmente, nos levantamos para que otros también puedan bendecir la unión.

Esa misma noche y con motivo de la boda Hindú y de la fiesta, la casa de Shirin lucía como de cuento de hadas. Con la excusa de la filmadora, fui testigo de cada una de las emociones que mis amigos experimentaban a sólo 2 metros de mi lente. La novia y su familia Parsi habían acordado con el novio y su familia los pasajes que el sacerdote leería durante la boda Hindú, pero este último se hizo el desentendido y siguió con la ceremonia como mejor le parecía. Fue por ello que en varios episodios se veía la incomodidad de las familias, en especial de la novia que por seguir con la ceremonia elevaba juramentos que no estaba dispuesta a cumplir. A pesar del drama, la ceremonia estuvo llena de simbolismos visualmente hermosos.

Al rato, nuevamente comimos, tomamos y seguimos engordando. Tal como sucede en Perú, la comida es una de las más claras frecuencias por la que India transmite su afecto. Como sintiéndonos culpables de las miles de calorías ingeridas, no tardamos en comenzar a bailar. Lo hicimos hasta tarde, bailamos en grupo y solos, bailamos al son de música de oriente y occidente, del norte y del sur. La pasamos de puta madre.

Día 3
Hasta ese momento habían tenido lugar el Menhdi, la despedida de solteros, la bendición Parsi y la boda Hindú que habían agrupado a 70, 100, 80 y 500 personas respectivamente. Recién al tercer día tuvo lugar la recepción.

Aquella noche, el objetivo era hacer público el matrimonio. Para ello, más de 1,000 personas hicieron su cola para felicitar a la pareja y a sus padres por la unión. Debido a que este evento fue el más impersonal de todos, tuvo lugar en un club. Al llegar, vimos tantas mesas, sillas y mozos que una amiga pensó erróneamente que se trataba de dos eventos separados. Siéndoles honestos, esa noche me enamoré de la comida. Había una selección de sabores y aromas tan privilegiada que no paré de ingerirla sino hasta que Natalia paró de hablarme por glotón.

Esa misma noche empezaba el fin de nuestro viaje. Al día siguiente partíamos a Mumbai desde donde volveríamos a Londres. Para otros, el viaje recién había empezado y su itinerario los llevaría más al sur. Fue por ello que a pesar de cuan exhaustos estábamos todos, no queríamos volvernos al hotel y nos invitamos a casa de Shirin – en donde la seguimos hasta las 4am.

La boda de Shirin y Janak fue extra-ordinaria. Vivimos en ella episodios en los que fuimos completamente felices, en donde los colores siempre fueron intensos, en donde las risas brotaban desde las entrañas y en donde engordamos para siempre. Valgan verdades, hubo más de un momento en que soñaba que la felicidad que acompañó muy de cerca a mi amiga en esos días hubiera podido acompañar a mi hermana años antes y años después. En “Sí acepto” conté sobre algunos de los hermanos que escogí en esta vida. Sin dudas, Shirin entra en esa categoría y por ello, su matrimonio permanecerá indeleble en mi memoria.

Post Data:

Otra amiga de la maestría se casó en Canadá dos días antes de la boda acá descrita y aún así se las ingenió para llegar a tiempo y traer consigo al marido y a otra amiga más. Dado que todos estudiamos salud pública, ésta locura me equipó de todo lo que necesitaba para filmar y editar un corto sobre una aparente epidemia de bodas. Para verlo, recomiendo hacer clic en la palabra video (abajo), bajar el volumen de la computadora y verlo después de 15 minutos. De esta manera, se ahorrarán las molestas interrupciones ocasionadas por Internet.

21 ene 2008

Viaje de prom a la India


Es incontable el número de personas que han soñado con viajar a India alguna vez en la vida. La mayoría de los que llegaron a ir, coincidirán conmigo en que India supera a la imaginación y dependiendo de quién eres la amarás u odiarás. En esta historia resumo las 3 semanas que pasé con un grupo de amigos de la maestría, en este enigmático país que no sabe de puntos medios.

Natalia y yo comenzamos a soñar con ir a la India desde que éramos niños. Desde que llegamos a Londres hicimos tantos buenos amigos de ese rincón del mundo, que lo único que necesitábamos para cumplir con nuestro sueño era un empujón. En ese contexto, no pudo haber mejor excusa que la boda de Shirin & Janak. Apenas nos enteramos que se casaban, decidimos ahorrar y planear nuestro viaje cuanto antes.

Los lugares que terminamos visitando en India pueden ser agrupados en cuatro: la paz del nor-este; la bulla del nor-oeste; el triángulo nor-central; y el vibrante centro-oeste. Si bien suena que visitamos sólo un cuarto del país, hay que tener en cuenta que se trata de un país 2.5 veces más grande que Perú …pero que tiene 39.4 veces más gente.

La paz del Nor-Este

Inicialmente habíamos planeado ir a Varanasi pero nos quedaba muy lejos de Delhi, ante lo que teníamos tres opciones: reventarnos la espalda en el tren, hacer volar nuestro ajustado presupuesto o simplemente, ir a Haridwar. Además, si el punto era presenciar los rituales que tenían lugar en el río Ganges, priorizamos aquellos que se vinculan con la vida antes que con la muerte.

Haridwar nos recibió con aquello que no dejé de odiar en India del Norte: el engaño. Sin tener claro cuánto debíamos pagar desde la estación de tren hasta el hotel, me sentí "habilísimo" cuando logré que el conductor del triciclo baje el precio de 100Rps a 60Rps. Sin embargo, pocas horas más tarde me enteré que la tarifa era de sólo 20Rps. A pesar que se trataba del inicio de una serie de incómodas negociaciones, Haridwar nos fascinó.

De acuerdo a la leyenda, el Dios Krishna pasó su infancia en Haridwar. Por esta razón, cada año 18 millones de personas peregrinan hacia "Har-ki-Pairi", justo al frente del hotel en que nos quedamos. En ese lugar sagrado, cada día a las 6pm tiene lugar una ceremonia que lleva por nombre "Ganga Arati". De acuerdo al Hinduísmo, el rio Ganges tiene su origen en nuestro equivalente del paraíso y al llegar a la tierra purifica a todos aquellos que toquen sus aguas. Por cierto, "Haridwar" significa puerta de accceso al Ganges, "Ganga" es río Ganges y "Arati" significa acto de devoción religiosa. El "Ganga Arati" es un rito que complace a todos los sentidos y en especial, al antropólogo que todos llevamos dentro. Aún en "temporada baja", cientos de personas se congregan en "Har-ki-Pairi" para realizar ofrendas, elevar alabanzas al río, hacer vibrar los tambores, destilar incienso y encender flamas a los que cada uno de los asistentes procurará acercarse como si de eso dependiera su vida. Entre todos estos componentes, el que más llamó mi atención fue la ofrenda, que consiste en dejar que la corriente se lleve para siempre un arreglo floral compuesto por hojas de plátanos, decenas de flores naranjas y rojas y una vela encendida en el medio.

En cualquier otra hora del día, Haridwar es un pueblo caóticamente interesante que combina la bulla con el silencio. Si bien hay mucho comercio ambulante y muchísimas personas se abren paso por sus angostas calles y pasajes, la mitad de Haridwar parece un pueblo fantasma que espera la siguiente “temporada alta” para abrir aquellos hoteles, restaurantes y pequeños negocios que no quedan tan cerca del "Har-ki-Pairi".

Motivados por lo que habíamos leído y escuchado de Rishikesh, decidimos pasar el día siguiente en ese poblado – pero los engaños continuaron. El acuerdo al que habíamos llegado con el vendedor fue que el tour partiría a las 9am y que para asegurar nuestros asientos, debíamos llegar 30 minutos antes. Si bien partimos casi a las 10am, el principal engaño tuvo lugar apenas el grupo subió al bus. Si bien teníamos guía, sólo hablaba Hindi y Kurdo. Para colmo, 10 minutos después de partir, el bus se detuvo frente a un templo y desde ese momento comenzamos a quejarnos de una costumbre muy arraigada que fue en contra de mi severo resfrío y en especial, de mi tratamiento contra los hongos del pié, pues todos los templos exigen sacarte los zapatos. Incluso el clima nos engañó, pues amaneció igual de soleado y caliente que el día anterior – en que nos la habíamos pasado en manga corta. Sin embargo, a las 11am, comencé a temblar porque para colmo, Rishikesh queda en las montañas.

El tour resultó ser una excursión espiritual porque se detuvo cada 30 minutos para visitar templos y más templos, que estoy seguro que hubiéramos apreciado de no ser por la barrera del lenguaje. Al cabo de dos horas, llegamos por fin a Rishikesh y Naty y yo le pedimos al más joven del grupo, que felizmente sabía algo de Inglés, que le pregunte al guía a qué hora y de dónde saldríamos de vuelta a Haridwar. Cuando nos enteramos de las coordenadas, optamos por irnos por nuestro lado y a nuestro ritmo. Como era de esperar, acabada la tarde y agotada nuestra paciencia tuvimos que tomar otro bus porque se olvidaron de nosotros. Aún así, valió la pena porque Rishikesh fue creada para recorrerla a tu propio ritmo.

Hay dos aspectos que le han dado fama mundial a Rishikesh: el yoga y la visita de los Beatles en 1968. Aún así, le agradecí al Dios Yogui porque la zona se sigue manteniendo casi virgen del occidente. A pesar que la recorrimos a más no dar, ese día no vimos turistas – sólo fans del Yoga. Según nos contaron en el restaurante, ahí sólo llegan aquellos interesados en darle sentido a su vida – ante lo que optamos por no contradecirlos. Días más tarde, cuando dejábamos atrás el Nor-Este de India y emprendíamos el camino de regreso a Delhi, conocimos a una Belga que nos confesó que tras varios años de formación y práctica de ésta disciplina en Europa y América, Rishikesh la había desilusionado y emocionado a la vez. Si bien no encontró a ningún maestro que esté a la altura de lo que había soñado en el otro rincón del mundo, en un momento de meditación se percató que después de Rishikesh, el viaje sería interno.

La bulla del Nor-Oeste

Tras haber pasado 5 horas en Delhi, partimos para Jalandhar. Bastó que llegáramos a nuestros asientos en el tren para que Bejoy, un muy buen amigo de la maestría, nos llamara como siempre: “¡Pajero!, ¡Bombón!”. En este punto conviene aclarar que el adjetivo que usa para llamarme no corresponde a mi pulso adolescente sino al porque las camionetas Mitsubishi se llaman Montero en América Latina, y que llama a Natalia de esa manera porque “me pone celoso”.

A punto de llegar a nuestro destino, el bueno de Bejoy nos advirtió que a donde íbamos no había mucho que hacer. Ante lo que respondimos que habíamos venido a pasar tiempo con él y con su familia. Al llegar a Jalandhar, el suegro de Bejoy nos salió a dar el encuentro con los brazos abiertos. Me impresionó cuán similar era su rostro al de mi abuelo, incluso su tez era idéntica. Camino a casa, tanto a Naty como a mi nos llamó la atención la cantidad de gente que veíamos en las calles y recordamos cuán apasionadamente Bejoy argumentaba que Jalandhar era un pueblo y, según nos contaba, que su mujer defendía a su tierra llamándola ciudad. Ante ello, pregunté por el número de personas que viven en Jalandhar y su respuesta empujó a Natalia a decir que se trataba de la mitad de la población de un país. Desde ese momento y por tres días, fuimos parte de los 10 millones de personas que viven en esa “zona geográfica”.

El caos y la bulla del tránsito local nos abrumó tanto que confieso que encontramos paz en sólo dos refugios: la casa de los suegros de Bejoy y el Golden Temple. La familiaridad con la que me había recibido el suegro de Bejoy no tardó en convencerme que me encontraba en casa, en especial tras haber conocido al resto de su familia. Se trataba de un hogar con dos hijas: la esposa de Bejoy, que junto a él y sus dos hijos viven en Malawi, y la cuñada de mi amigo que vive con su esposo en Dubai. La familia era completada por la suegra de Bejoy, quien no dejó de atendernos y comprobar que la estábamos pasando bien.

Las noches que pasamos en Jalandhar tuvieron por protagonista al suegro de mi amigo. Me fascinaron las conversas que sostuvimos en el patio, en donde se prendía una fogata que calentaba por igual a los miembros de la familia; a los empleados del hogar; y a un par de peruanos. En círculo, fue maravilloso comprobar que a pesar de las distancias y aparentes diferencias, las prioridades siguen siendo las mismas. Que a pesar de la lejanía, no hay mayor satisfacción para un padre que saber a sus hijas felices; que a pesar de no encajar en la comprensión de equidad occidental, los géneros son complementarios; y que el recuerdo no se borra cuando el sabor de la sobremesa supera la comprensión del paladar.

Al día siguiente partimos aún más al Nor-Oeste, camino a Pakistán. Estábamos muy ilusionados por ver el Golden Temple (Templo Dorado) – el principal templo de los Sikhs. En Sánscrito, Sikh significa discípulo. En cierta forma, los Sikh se parecen a los Jesuitas pues son considerados soldados-santos. Cada seguidor de este credo está llamado a aspirar a la santidad a través de su devoción a Dios y su servicio a la humanidad. Sin embargo, en caso sea necesario, deberá adoptar el rol de soldado e incluso perder la vida protegiendo al pobre y débil – sin importar su religión, raza, edad y sexo. En resumen, los Sikhs tienen como ideales la honestidad, equidad, fidelidad, meditación sobre Dios y nunca bajar la cabeza ante la tiranía. De esta manera, me entusiasmó percatarme de cuán similarmente apasionados son ambos grupos al defender la fe y la justicia social.

Si bien no todas las comparaciones son justas, cuando a los 24 años visité el Vaticano me di cuenta de cuán lejos está la política humana del amor de Dios. A mis 32, lo último que encontré en el Golden Temple fue la arrogancia de los Católicos que nos creemos poseedores de la única verdad. Tanto por la infraestructura, como en especial por la reacción emocional e incluso física que generó en mí, no tengo problemas en aseverar que el Golden Temple es el lugar más sagrado que he visto en ésta vida. Valgan verdades, la mística Sihk pinta a su templo con tolerancia, alegría y compañerismo, mientras el Vaticano se desdibuja por vender souvenirs.

Como último gran destino turístico en el Nor-Oeste, nos quedaba el límite entre Pakistán e India. Hasta el día de hoy sigo pensando que lo que presenciamos ahí es peligroso. A ambos lados del borde, tanto militares como civiles se afanan por mostrarle al otro bando quién es más macho, más fuerte. Para ello, un grupo de 10 militares marcha levantando las piernas tan alto pueden, mientras un animador con parlante en mano, manipula a los cientos de asistentes sentados en las gradas para que vitoreen el nombre del país en el que se encuentran. Lo cierto es que dicha teatralización de la guerra refuerza el orgullo Pakistaní, por haber logrado separarse de un país mayoritariamente Hindú para poder ejercer libremente su cosmovisión Musulmana. En el caso de India, hay una sensación de malestar no sólo contra los “traidores separatistas” sino incluso contra Inglaterra, que favoreció la creación de Pakistán. Esa tarde, no dejé de hallar similitudes con lo que sucede entre mi país y sus vecinos Chile y Ecuador. Soy de la idea que sin importar el lado del borde en que uno se encuentra, los civiles seguimos siendo hermanos. Si se trata de encontrar culpables, apuntaría a los políticos y a los militares. A los primeros, por abrirnos viejas heridas a cambio de votos y a los militares, por hacer del miedo su sustento de vida.

El triángulo Nor-Central

Si bien habíamos pasado algunas noches en casa de Mari & Francois, en Delhi, fue recién aquí en que llegó la oportunidad para compartir con este par de queridos amigos – a los que también conocimos durante la maestría en Londres.

Gracias a ellos, cambiamos nuestro plan inicial de recorrer en tren el triángulo que conforman Delhi, Agra & Jaipur. Al final de cuentas, hicimos muy bien al contratar a un chofer que en los 1100 kilómetros que recorrimos con él, no dejó de hacer lo posible por quedarse con los vueltos. Aún a pesar que su actitud generó conversaciones apasionadas e inspiró el uso de los calificativos más pintorescos del Castellano, le agradecí por habernos evitado mil ajetreos y muy en especial, porque nos permitió conversar como nunca.

En India, los planes siempre se atrazan debido al tráfico. Esto no sólo se debe a la densidad de personas por kilómetro cuadrado y porque una gran proporción de ellas cuenta con algún medio de transporte motorizado, sino porque una proporción aún mayor de personas se mueve caminando o gracias al esfuerzo de animales que jalan sus carretas. En nuestro recorrido por el triángulo tuvimos que evitar bueyes y vacas; caballos y mulas; camellos e incluso elefantes que transportaban personas. Además, no son los únicos animales salvajes que aparecen sin previo aviso en las calles y carreteras, pues hay muchísimos monos e incluso taxistas.

En Agra no hay nada más que ver que el Taj Majal. Este monumento es tan importante para el gobierno local – que tiene fama de ser el más corrupto de toda India – que hace ya algunos años erradicó cualquier industria en la zona. Con ello, por un lado proteje al Taj de los efectos de la polución pero por otro lado, restrinje las opciones laborales a empresas de servicios y de artesanías. Cabe resaltar que el complejo del Taj es mucho más grande de lo que vemos en las fotos, pues no sólo consta del edificio blanco más popular del planeta sino que cuenta con piletas y jardines que incluso a mí, que no le presto atención a las plantas, me arrancaron admiración. Además, existen otros edificios que no dejan de ser hermosos. De todo ello, lo que más me gustó fue el trasero del Taj Mahal, por el cual, parsimoniosamente pasa el río Yamuna – que dramatiza cualquier foto, incluso la más sutil emoción. Es por ello que lo mejor es visitarlo al atardecer.

Aquella noche, Naty y yo decidimos quedarnos en el “Kamal”. Tanto su nombre, que nos causaba risa, como su precio nos persuadieron de quedarnos en ese y no en el hotel de nuestros amigos. Valgan verdades, nos quedamos ahí porque habíamos leído que tenía una súper vista del Taj. Como a la mañana siguiente continuábamos con nuestro recorrido, queríamos tatuarnos la emoción de haber estado en ese lugar así que subimos a la azotea y a pesar del hambre, disfrutamos más con la vista que con el paladar.

Apenas llegamos a Jaipur, la capital de Rajhastan, nos registramos en un hotel que me encantó porque se trataba de una casa-hotel. Según el dueño, toda esa zona había sido la hacienda de su padre y el hotel en que nos recibía, la casa en donde él se había criado. Con esta historia, no dejé de envidiarlo porque la casa era de lo más interesante, pero no pude evitar tenerle algo de lástima también. Quizá su padre haya lucrado con la venta de las tierras, pero a él le tocó vivir en una zona de lo más contaminada por la basura y el ruido. Felizmente, el hotel quedaba en un enclave – libre de polvo, paja y bulla.

Como cualquier ciudad o poblado que visitamos en India, salvo Rishiskesh, Jaipur es de lo más caótico. Sin embargo, su número de atracciones por kilómetro cuadrado no tienen comparación. Tras recorrer 10 kilómetros al sur del hotel, llegamos al Amber Fort. Basta ver una foto para quedar tele-transportado a películas del corte de "Indiana Jones en búsqueda del templo perdido" e incluso, sentirte frente a la muralla China. De la dosis exótica se encargaron la junta de monos propietarios del fuerte y el equipo de elefantes que de pagarles te llevarán desde el centro del pueblo hasta la entrada al fuerte. Ambos grupos de mamíferos son igual de impresionantes que la intensidad de los colores de Jaipur: el cielo es pulcramente azul, la luz solar es fosforescente y muy en especial, es alucinante el dramatismo que destilan los ropajes de las personas y sus animales. En ese lugar, resulta fascinante hacer un alto, dejar de preocuparte por los monos ladrones, y dejar que tu mirada se pierda en los pueblos aledaños. Tal como sucede en Perú, es imposible dejar de preguntarte ¿cómo demonios hicieron para construir eso?

Al día siguiente emprendimos el regreso a Delhi. Ya en la capital, Naty y yo teníamos dos misiones a cumplir prontamente: ella tenía que comprar su vestido para la boda y yo quería ver a un buen amigo que conocí en Suecia, cuando hacía mi primera maestría. Al día siguiente, Sanjay me pasó a recoger para ir a almorzar a su casa, con sus chicas. No recuerdo haber tenido antes el magnetismo que tuve con su pequeña, pues mi presencia despertó reacciones de lo más intensas: al inicio generó llantos desbordados y luego hilarantes carcajadas. Fue genial que Sanjay me invitara a sentarme en su mesa; disfrutar de su postre favorito; comparar el colonialismo Británico y Español; y percatarnos que Perú e India van por procesos de desarrollo muy similares.

Llegó la noche y tras haberme despedido de la familia Gupta; cortarme el cabello; comprar el vestido de Naty y saludar a mis viejos queridos por Navidad; llegamos a casa para prepararnos para la Noche Buena.

Dado que los Cristianos conforman una muy pequeña minoría, jamás hubiera pensado que Navidad era feriado en India. Luego me explicaron que era parte de un pacto multi-religioso en el que cada trabajador tiene 12 feriados religiosos para escoger a lo largo del año. La idea me pareció sensacional y a la par, por un momento, envidié a los ateos que dos semanas al año descansan por “obra y gracia de Dios”.

Después de llamar a 7 restaurantes, Mari logró reservar la única mesa libre de un restaurante italiano ubicado en las afueras de Delhi. Cuando por fin llegamos a “Tonino”, me percaté que el largo y sinuoso camino había valido la pena. Se trataba de un restaurante con una línea de diseño interior de lo más sofisticada, casi tanto como su comida. Esa noche hice algo que no pensé que podría hacer en India. Estaba saturado de los vegetales, así que me escudé en el hecho que me encontraba en un pedazo de occidente y pedí carne de vaca. Cuando el bife y mi paladar lloraban por la emoción del re-encuentro, brindé y celebré porque en esa fecha tan especial, Naty y yo nos re-encontrábamos con Mari & Francois.

Dieron las 2 de la madrugada y emprendimos el camino de vuelta a casa. Al llegar, y a pocas horas de despedirnos, me percaté que no sólo habíamos logrado reconfirmar la compatibilidad que sentimos en Londres sino que habíamos llevado nuestra amistad a una fase muy superior. En los días que pasamos juntos, los cuatro compartimos dramáticas experiencias de vida lejos del terruño; los planes que tanto temor como ilusión nos gustaría poder concretar en el futuro cercano; pero muy en especial, nos meamos de la risa. La paz y el sentido del humor de Francois y los cojones y entusiasmo de Mari, nos cayeron del cielo en esos días en que India nos comenzaba a abrumar. Aquellos momentos fueron como postres, que hoy guardo como dulces recuerdos.

El vibrante Centro-Oeste

El 25 de diciembre volamos desde Delhi hasta Pune y ya en el aeropuerto, me percaté que lo que tenía al frente era la cumbre de un “viaje de prom” (el viaje que tiene lugar a punto de acabar la escuela). No tardamos en encontrarnos con Simram y Gabrielle, a quien lo acompañaba su novia y hermano. Poco más tarde, éramos 6 amigos volando a encontrar a 15 más. Dado que fuimos a Pune porque Shirin se casaba y de ello hay mucho de contar, reservo los detalles de ese período para la siguiente historia. Así que en este momento, permítanme saltar hasta Mumbai.

Mumbai es la urbe más fascinante que encontré en India. Para empezar, tiene mar e incluso su bahía y arena blanca me hicieron recordar a Rio de Janeiro. Se trata de una ciudad de calles amplias; de tráfico casi-ordenado y constantemente decorada por impresionantes edificaciones. Las 19 millones de historias que confluyen en Mumbai son igual de intensas, diversas y fascinantes. Fue ahí que pasamos año nuevo. Para ese entonces, el grupo se había reducido a 17 integrantes: 6 Indios, 3 Italianos, 2 Inglesas, 2 Canadienses, 1 Indonesa, 1 Gringa y 2 Peruanos. Cenamos, conversamos, coreamos la cuenta regresiva, celebramos y los cohetones me llevaron de vuelta a cuando los compraba y reventaba con mi tío Lolo en el parque que quedaba frente a la casa en donde transcurrió mi infancia.

Cuando somos niños, los adultos frecuentemente nos aburren con el mantra de “vale la pena estudiar”. Confieso que tuve que llegar a la India para lograr entender a qué se referían. De no haber sido por las maestrías que estudié, no sólo no hubiera encontrado el empujón que necesitaba para ir hasta allá, sino que no hubiera aprendido y disfrutado tanto este viaje. Siempre existe la posibilidad de seguir un tour organizado, sin espacio al error pero tampoco a la aventura. Otra opción es viajar a tu propio ritmo siguiendo los consejos de un libro. Sin embargo, ninguna de estas alternativas se puede comparar con el cariño con el que te recibe un amigo que te invita a quedarte en su casa y enseñarte aquello que lo construyó y provocó en ti amistad.

Un viaje como este te instruye incluso más que una maestría. Es verdaderamente fascinante y aleccionador el balance que uno alcanza cuando logra percatarse que a pesar de nuestras diferencias más estridentes, los seres humanos buscamos lo mismo todos los días. Lo rico del proceso es que aprender de otras formas de ver la vida, le enseña a uno a tomar atajos a veces y otras, a detenerse para disfrutar lo que tenemos en frente. A partir del contraste, es muy sabroso re-valorar lo que uno trae consigo encapsulado en historias familiares, gustos y sueños. En esos días, me percaté de la facilidad que tenemos los Peruanos de juzgar lo diferente basado en imágenes estereotipadas. Por el contrario, en India, fue fascinante haber sido testigo de cómo las culturas y religiones no sólo conviven, sino lo mucho que saben la una de la otra y de cuánto respeto generan los espacios que el otro grupo considera importante.

Finalmente, fue gratificante comprobar que a pesar de la lejanía a la familia, uno puede lograr sentirse en casa en compañía de buenos amigos. Y que de la misma forma en que mis viejos me animaron a hacer este viaje, procuraré empujar a mis hijos para que vuelen hacia donde sus sueños de niños los quieran llevar.

Tengo por delante dos historias más sobre la India: “Boda India” en donde narro la verdaderamente alucinante boda de Shirin y Janak y “Lo bueno, lo malo y lo feo de India”, en donde me tranquiliza saber que mis amigos de la India no pueden leer en Castellano. Prometo que en aquellas oportunidades, haré las historias más cortas y en especial, que no tardaré tanto en volver.

FOTOS

3 dic 2007

Si, acepto


Con excepción de tu propia boda, las otras no tardan en extraviarse en los pliegues de tu memoria. Siendo honestos, la gran mayoría de ceremonias matrimoniales suelen repetir la misma puesta en escena: una iglesia fría y repleta de cientos de invitados incómodamente vestidos; un pésimo audio que dificulta aún más entender el acento del cura extranjero; aquella infinita cola que termina desgastándole los cachetes derechos a los novios; la recurrente falta de consideración de estos últimos que por ser fotografiados, casi siempre te matan de hambre mientras los esperas en la recepción; y por Dios, la misma torta blanca de siempre. Puesto de esta manera, la mejor prueba que uno se olvida de todos estos aspectos es que no tardas en asistir a la siguiente boda. Aún así, hay bodas que son únicas y a ellas, este pequeño homenaje.

Entre las bodas memorables, cabe distinguir las tristemente célebres de aquellas pocas que verdaderamente inspiran. Entre las que me tocaron presenciar, la primera categoría cuenta con tres bodas que por obvias razones omitiré los nombres de los novios: 1) En el preciso momento en que un buen amigo debía sacar los aros del bolsillo, no los encontró y la ansiedad se apoderó de él tumbándolo al suelo. Ante la sorpresa de todos los presentes, la novia lo ayudó a levantarse; la suegra a sentarse; y sus viejos hábilmente le pasaron sus propios anillos. 30 minutos después, con algunas copas de champagne dentro, me confió un inesperado “soy un huevón, estaban en el otro bolsillo”; 2) La segunda en ésta categoría fue la boda de la más impuntual amiga de mi esposa. Traten de imaginar al pobre novio que por 5 interminables minutos se casaba sólo, porque el rígido cura Alemán había decidido dejar de esperar. Mucho más pintoresco: procuren visualizar a la agitada novia corriendo por la alfombra roja con una mano sosteniendo el velo y con la otra, cargando la enorme cola de su vestido para no tropezarse; 3) Debido a que un ex–amigo estudiaba en USA, cometió el gran error de pedirle a la loca de su madre, a su novia y a su suegra que se encarguen de la boda. La paz armada entre las 3 organizadoras llegó a su fin cuando minutos después de haber dado inicio a la recepción, la familia de él decidió volver a casa. A pesar que mi ex–amigo procuró convencer a sus padres y hermanas que vuelvan a la fiesta, no lo consiguió y los invitados no tardaron en retirarse legítimamente preocupados.

Entre aquellas bodas verdaderamente inspiradoras, mi memoria también prioriza tres: 1) Conocí a Alex en la universidad y no tardé en hacerlo parte de aquel pequeño grupo de amigos que considero los hermanos que escogí. Debido a que se iba a estudiar a Chile, Erica y él decidieron separarse. Sin embargo, meses más tarde, Alex volvió a Lima decidido a jugarse todas sus fichas: sin realizar ningún sondeo previo, se apareció en casa de Erica y le pidió que se case con él. Ella aceptó y tuvieron una muy linda boda no sólo por el afecto que se tienen, sino porque integró los ritos Judíos de su familia y del Cristianismo Ortodoxo que profesa la familia de ella. De esta manera, la ceremonia fue una muy linda muestra de unión para las familias de ambos en Palestina e Israel. En la actualidad, Alex y Erica viven en Santiago y tienen la niña de los más lindos ojos que he visto en mi vida; 2) La legislación Peruana no considera ni los matrimonios ni las uniones civiles de personas del mismo sexo, pero esto no impidió que Pedro y Juan se dieran el sí rodeados de aquellos que los queremos tanto. Aquella noche, no dejé de tomarles fotos y registrar cuán intenso y tierno es el amor que se tienen. Sigo pensando que se trata de las mejores fotos que le he tomado a una pareja y me emociona mucho verlas cada vez que voy a su depa; 3) Tal como advertí al inicio de esta historia, yo también soy de la idea que la ceremonia que me unió a Naty es digna de recordar. Fuera de lo común en Lima, decidimos casarnos a medio día en el campo; invitar a un muy pequeño grupo de familiares y amigos; y no hacer distinción entre aquellos que queríamos que nos acompañen a la ceremonia y a la recepción. Hubiera querido que nos case Fausto, mi padrino, pero seleccionamos a Enrique – un cura al que quiero mucho desde que tengo 15 años y que tuvo la delicadeza de entregarme la cruz que a manera de recuerdo me dejó Fausto antes de fallecer. La íntima ceremonia que lideró Kike llegó a su clímax cuando Naty y yo leímos nuestros singulares votos matrimoniales, a través de los cuales nos juramos amor por 3 vidas. Las fotos que nos tomaron aquel día fueron de lo más espontáneas y muy en especial, no nos tomaron mucho tiempo. Llegamos a la recepción, bailamos una de nuestras canciones más emblemáticas; bailamos luego con nuestras hermanas y padres; sembramos un Pino que actualmente mide más de 3 metros; y acto seguido, pasamos mesa por mesa agradeciendo a todos los presentes por habernos querido acompañar ese día. Aquella tarde no dejamos de bailar y endulzamos el recuerdo con la mejor torta de chocolate que puedas imaginar. Como supongo le pasa a la gran mayoría de novios, la verdadera luna de miel no tuvo lugar esa noche porque estábamos reventados del cansancio físico y emocional. Al despertar y yendo en contra de la tradición, fuimos nosotros los que interrumpimos a los suegros cuando a las 9am nos aparecimos en el hotel de mis viejos. Y es que al día siguiente nos íbamos de viaje y ambos queríamos extender la felicidad de la boda con nuestros familiares más cercanos.

Hay 5 bodas que me apena no haber podido presenciar, pues se trata de otros integrantes de aquel grupo de hermanos que mencionaba líneas arriba. En orden cronológico, me hubiera fascinado estar en las uniones de Alfonso & Jessica; Jorge & Gabi; Aldrin & Roxana; Gastón & Gaby; y Martín & Claudia pero me fue imposible cruzar el charco para ir a darles el encuentro. Hasta el día de hoy, sé de 2 bodas que nunca debieron haber tenido lugar. A estos 2 hermanos, les pido me disculpen por no haber sido más vehemente al mostrar mi desaprobación - pero era muy jóven o estaba muy lejos.

Todas estas historias, me han permitido percatarme que las bodas involucran multi-dimensionalmente a muchas personas y no sólo a aquellas que deciden unirse en matrimonio. Tal como lo confirmó más de una boda acá descrita, los preparativos no tardan en pronosticar la relación entre ambas familias. Pues la forma en que se definen aspectos concretos de las ceremonias civil y religiosa e incluso, los lugares en donde tendrán lugar el shower y la recepción, permiten dilucidar aspectos mucho más complejos: aspectos como la aprehensión por la evaluación social; el manejo del presupuesto; e incluso la salud mental de las familias involucradas. Del mismo modo, este recuento de bodas también me hizo evocar lo mucho que los invitados e invitadas invierten en evaluar qué vestir; cuánto comer; contar lo bien que les va; y en comentar cómo luce el resto. Por estas razones, las bodas que me encantaron se diferencian del resto al haber logrado que el grupo de invitados deje de pensar en sí para dejarse contagiar del amor de los novios y al hacerlo, renovar sus votos matrimoniales; decidir casarse; o en todo caso, entender para qué dos personas se juntan de esa manera.

Decidí escribir este recuento por la expectativa que me genera la próxima boda a la que Naty y yo hemos sido invitados. Nuestros queridos Janak & Shirin se casarán entre el 26 y 29 del presente, en una boda que aseguran será pequeña porque su lista de invitados se remite a sólo 1,500 personas. Estoy seguro que esta ceremonia entrará directamente en la categoría de aquellas pocas que verdaderamente inspiran porque se trata de la unión de personas de dos religiones distintas, él es Hindú y ella Parsi; porque somos más de 10 los amigos de la maestría que los acompañaremos esos días; porque me han pedido que de un pequeño discurso sobre el afecto que veo entre ambos; y en especial, porque tanto para mi chica como para mi, viajar a India es algo con lo que venimos soñando desde niños y qué mejor que estando allá, contagiarnos del afecto de nuestros queridos amigos para renovar nuestros votos matrimoniales. Desde ya, “¡Shukria, India!”