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18 ago 2007

Terremoto de emociones


El terror ante lo que podría ser un terremoto siempre rondó las cabezas de aquellos que nacimos después de 1974. Este temor por lo desconocido se alimentaba por las historias de nuestros padres, amigos mayores y decenas de películas gringas de bajo presupuesto. El miércoles pasado, dicho terror dejó de ser teórico salvo para tres grupos de Limeños: aquellos que se mudaron al otro barrio, aquellos que se fueron de viaje y aquellos que emigraron. Al encontrarme en el tercer grupo, muchos pensarían que me libré del terremoto pero ésta historia trata de cuánto te mueven la distancia y la falta de información.

Como siempre, el jueves prendí la computadora para revisar mi correo antes de irme a la oficina. Como nunca, la máquina no prendía y antes de decidir reiniciarla apareció Natalia contándome que había habido un temblor en Perú. Ante ello, mi natural pregunta fue ¿Qué tan fuerte fue el temblor para volverse noticia en la TV Británica matutina? Como si se tratara de una competencia, Naty prendió su máquina a la par que yo reiniciaba la mía. La franja de noticias de la BBC que recientemente instaló en su computadora incrementó nuestro estrés pues anunciaba “Terremoto en Perú”. Naty logró leer los correos de su familia antes que yo logre saber si mi familia me había escrito y un intenso alivio la quebró y mandó de vuelta al cuarto. Sin saber si había completado su lectura, le llevé su máquina, me excusé diciéndole que aún no sabía nada de mis viejos y volví corriendo a mi computadora. Gracias a Dios, mi madre me tranquilizó desde el título de su correo con un efectivo: “ESTAMOS BIEN”.

Volví al cuarto para acompañarnos, intercambiar información y comprobar que su familia sólo se haya asustado. Dado que en Lima era la 1:30am, decidimos dejar descansar a nuestra gente y optamos por revisar Peru21 y El Comercio. Necesitábamos complementar lo escrito con imágenes y buscamos vídeos en Youtube. Las imágenes que en ese entonces encontramos no podían ser más penosas, pues se trataba de las chicas terremoto (un par de las peores actrices que ha producido mi país) de la teleserie 1,000 oficios.

Con la misma desesperanza, prendimos la televisión y comprobamos una vez más que la política editorial de BBC (local) es promover banalidades entre su tele-audiencia matutina. En la hora que pasamos revisando los diarios y viendo televisión, en dos oportunidades entrevistaron en vivo a un sujeto que precariamente disfrazado le rendía tributo a Elvis Presley. Era claro que conmemorar el 30 aniversario de la muerte del Rey del Rock and Roll era más importante que informar sobre la desaparición de 500 personas – pues se trataba de un exótico país que no había pertenecido al imperio Británico, que actualmente es asociado al “osito Paddington” y que es recordado únicamente por cómo nuestra selección de fútbol le ganó a Escocia en Argentina 78´.

Al comunicarme con varios amigos me reconfortó no sólo saber que estaban bien sino que sus familiares también lo estaban. Aún así, sus reacciones no tardaron en agruparse en 5 distintas categorías: la primera agrupaba a aquellos que se quedaron en “todo bien en Lima, el problema fue en el Sur”. Los otros grupos resultaron más interesantes pues mostraron una gradiente de mercadeo personal. Los sabios agrupó a aquellos que sólo debido a la confianza llegaron a compartir qué estaban haciendo a favor de las comunidades más afectadas. Los comunicadores estaba integrado por aquellos que se encargaron no sólo de compartir artículos y vídeos sino también de informar cómo ayudar a los damnificados. Los relacionistas públicos, aprovecharon esta oportunidad para publicitar cómo su empresa había implementado una campaña de responsabilidad social. El más pintoresco de todos fue el grupo conformado por los héroes del tercer mundo, que hicieron lo posible por pulir su Inglés y ofrecerse como catalizadores de ayuda internacional para sus desafortunados compatriotas. Sin importar la categoría, fue muy interesante comprobar el potencial de las noticias al promover comportamientos pro-sociales.

Poniendo lo narrado en perspectiva, la cobertura de ésta y otras noticias desnudan dramáticas inequidades globales. Hace tiempo que no es noticia el hecho que cada día en Irak fallece una cifra similar al número de personas caídas el 7 de Julio del 2005 en Londres – las mismas que acapararon la atención mundial por meses. Aún a pesar de haber fallecido diez veces más de Peruanos, es obvio que el reciente terremoto será titular por un reducido número de días. No hay duda que tanto la cobertura como su tono de comunicación son decididos sobre la base del ranking económico, lo que da a pensar que las muertes son más o menos importantes dependiendo del lugar de la tragedia.

Dicho ranking no sólo aplica a la prensa mundial, sino también a la sociedad Peruana: ¿Acaso no nos levantamos frente al terrorismo después del ataque al corazón de Miraflores? Quiero creer que un desastre natural como el ocurrido el Miércoles pasado permita despertar a mi país de un desastre humano que viene sustentando inequidades geográficas, económicas e incluso raciales.



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- Centro Comercial Ebony: Av. San Borja Sur con Av. Parque Sur.
- Plaza Vea de Av. Javier Prado.
- Puertas de la PUCP
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- Asociación Civil Transparencia (Av. Belén 387 San Isidro)
- Universidad San Juan Bautista: Av. San Luis 1934
- Club Tacna (Av. Salaverry)
- MHOL, en Jr. Mariscal Miller 822, Jesús María

21 jun 2007

Hakuna matata


El Rey León es mi película infantil favorita. Me gusta tanto que decidí celebrar mi último cumpleaños viéndola en el teatro. Después de haber visto ambas versiones, no sólo confieso que me quedo con la puesta en escena sino que recién la semana pasada me enteré que la obra tenía lugar en Kenya. La siguiente es la historia sobre mi primer viaje al país de Simba.

Como si se tratara de los preparativos para un Safari, la organización para la que trabajo me envió a una clínica especializada a que me llenen de vacunas y pastillas anti-malaria. Debido a mil razones, fue a punto de subirme al avión en que me percaté que no traía conmigo ni mi tarjeta de vacunas, ni tampoco mis Malerones. Inmediatamente entré en pánico. Como había dejado mi celular en casa, prendí la computadora, logré conectarme a Internet y le mandé un mensaje desesperado a mi compañero de depa. Cómo temía que no vea su correo, también le envié un correo a Natalia – mi esposa. Para quedar más tranquilo, le mandé un mensaje a mis viejos en Lima para que le dijeran a Natalia en Ayacucho que le diga a Nikolái – el Ruso con el que vivo en Woking – que le tome una foto a mi cartilla de vacunaciones y me la envíe por correo electrónico. Esa sería la prueba que necesitaba en caso me hicieran problemas al llegar a Kenya. Subí al avión y después de 8 horas de vuelo y 20 minutos de cola, llegó mi turno: saludé al oficial, con mis manos sudosas le entregué mi pasaporte y le dije el número de la página en que encontraría mi visa. Por su parte, él me preguntó por mi número de vuelo y dónde estaba la cartilla de mis vacunas. Hubo pausa, levantó la mirada y le bastó verme la cara para arrojar un sublime: ¡Hakuna Matata!

África es fascinante. Si bien las historias de los medios no dejan de ser ciertas, la sensación que tuve al llegar fue la misma que apreciaba en aquellos turistas que llegaban a Perú cuando nuestro presidente era caballo loco y no el lobo que hoy se disfraza de abuelita. Abracadabra, toque de queda, se escuchaba la bomba y la luz desaparecía, pero nuestro país jamás se detuvo. La electricidad sólo cubre las principales ciudades del país y un día después de llegar a Nairobi, explotó un coche-bomba – pero Kenya tampoco se detiene. En ese marco, quizá lo más parecido a nuestra gente es que a pesar de las grandes necesidades e incluso de las bombas, no pierden ni el humor, ni las ganas de compartir.

Para describir Tharaka basta decir que se trata de uno de los distritos más pobres de un país en que la expectativa de vida es de sólo 47 años. Motivados por el afán de mostrarme lo mejor que tienen, mi equipo local me mandó a dormir a la edificación más nueva del pueblo. Se trataba de una casa de huéspedes que por 30 minutos al día contaba con luz gracias a un escandaloso grupo electrógeno. La primera noche, tras aprender como cubrir mi cama con la net anti-mosquitos, me puse sandalias prestadas y me bañé procurando obviar la cantidad de insectos que había en la habitación, incluso en la ducha. Tras 9 horas de viaje saltando y sudando en la camioneta, encontré ese chorrito de agua sumamente refrescante. Sin embargo, 5 minutos más tarde estaba sudando nuevamente. Así que regresé al baño, me lavé el rostro, me eché repelente y corrí a refugiarme debajo de la net. Abrí la cama y logré aplastar a tiempo a una pulga enorme que saltaba por la alegría de verme. Se apagó la luz y el cuarto se sumergió en una oscuridad amenazante. De manera sincronizada, el volumen de la vida invertebrada subió al máximo. Aunque trataba, era muy temprano para dormir. En especial, porque debido a la diferencia horaria para mí eran sólo las 8pm. Así que seguí intentando. Al despertar y como si no estuviera estreñido, fui al baño y encontré una lagartija que bebía del inodoro. En fin, si bien era el único humano en esa casa – nunca fui su único huésped.

Debido a que mi trabajo consiste en diseñar una campaña global contra la violencia escolar, fui a Tharaka a aprender de las iniciativas comunitarias y gubernamentales, pero también a explorar qué justificaciones culturales están detrás de este tipo de violencia. Así que entrevisté a varios escolares, líderes y autoridades. De todos ellos, fue la resiliencia de los niños de la que más aprendí. Oportunamente, mi visita coincidió con la conmemoración del día del niño Africano. Aquel día, viajamos por dos horas hasta llegar a una escuela en la que estaban compitiendo 11 colegios. Cada uno de ellos, traía consigo un canto o un sketch en el que representaban la lucha por sus derechos. Aunque fuera de mi campo de estudio, el tema que más me fascinó fue la circuncisión femenina. Recién entendí que no sólo se trata del salto de la infancia a la vida adulta – pues luego de ello, la niña de 7 años está lista para casarse – sino que los padres lucran con lo que la familia del novio pagará por llevarse a su hija.

Como cualquier mestizo, mi color de piel se mimetiza todo el tiempo. En Lima caigo en la categoría de cholo blanco, en Londres de Latino, en Woking de Mediterráneo, pero no hay duda que en Kenya era un "Muzungu". El descarte era simple: mi color no encajaba con el de los descendientes de la India y menos con las diversas tonalidades de las 42 tribus locales – así que era blanco y punto. Poca importancia le prestaban a que no era Europeo, sino Peruano. Ante ello, no sólo me percaté que no sabían donde queda nuestro país sino que concluí que jamás me encontraría con algún compatriota. Y así fue, …hasta el último viernes.

Al regresar a mi hotel en Nairobi, decidí irme a tomar una cerveza a uno de los pubs recomendados por la "rough guide" de Kenya. Sin embargo, después de 20 minutos sólo había logrado conversar con el guachimán y ya estaba a punto de volverme cuando al pata que pasó a mi costado le disparé un tímido: "¿Latino?". Voltió bruscamente y con mucha intriga me respondió: "sí, Peruano". Mis modales no lograron filtrar mi reacción y se me escapó un "¿Y que M haces acá?". Ambos reímos y a los 3 minutos estaba sentado en una mesa junto con él, su hermano y sus dos hermanas. Había encontrado a la familia Bettocchi y con ella, la posibilidad de saborear nuestra jerga. La pasamos tan bien que el Domingo, horas antes de dejar atrás al Este de Africa, no sólo volví a verlos sino que conocí a sus viejos y pasé con todos ellos – e incluso su perro recién llegado de Lima – una muy linda tarde en familia.

La única gran desilusión que me traje de Kenya fue el Sol. Esperaba recuperar el color que tenía en Lima pero regresé siendo el mismo Muzungu que partió de Londres. Además de cumplir uno de mis sueños como era ir a África, conmoverme con la valentía de los niños y enorgullecerme por el trabajo de Plan – la organización para la que trabajo – una de mis más grandes alegrías fue re-encontrarme con Rasna Warah – una gran amiga de la maestría. Junto con su marido, compartimos historias personales, rutas profesionales y excelente comida. Quizá la más memorable tuvo lugar en "Carnivore" – donde probé y me enamoré de la carne de Cocodrilo.

Hay una palabra que resume el afecto que despertó Kenya y su gente en mí: “Nawapenda”, pero ese no es un cuento para niños.